DAVID LAUER. Hace algún tiempo, Joel-Peter Witkin sostuvo una larga conversación con David Lauer a propósito de su trabajo, sus convicciones y creencias. Reproducimos aquí algunos fragmentos de esa entrevista inédita, dejando que la voz de Witkin nos conduzca por los caminos de una peculiar experiencia fotográfica. .
Yo me identifico de manera profunda con la hisoria del bufón. Esa maravillosa historia gótica en la que él se halla frente al altar, la Virgen y el niño, y lo único que tiene para ofrendar es su acto de malabarismo. Todo ocurre en esa gran catedral donde los trabajos de embellecimiento han llevado más de cincuenta años. Un lugar muy solemne. Y la gente se le queda viendo al bufón, se están riendo de él. Pero de repente te das cuenta de que lo que está haciendo el bufón es la forma más elevada de devoción de la que es capaz. Y entonces ocurre el milagro: ¡la Virgen y el Niño le sonríen al bufón!
Entonces no es tanto un acto gracioso sino un acto que representa lo mejor de sus capacidades. El punto culminante de esta historia, de esta fábula, supongo, es que tanto la Virgen de madera como el niño Jesús, también de madera, sonríen para luego seguir siendo lo que son, piedra o madera, en las variantes del cuento.
“ Yo creo que una persona no puede ser devota, a menos que sepa que está adorando al máximo bien de sí misma, el bien que sale de su propio crecimiento y que puede ser compartido con otra personas sin egoísmos. Hacer fotografía es una forma particular de esa veneración.
• Yo sé que tengo treinta y nueves años de oficio como fotográfo. Pero sólo he venido desarrollando este trabajo de manera cotidiana desde 1975. Antes de eso había sido un criar y alimentar algo que se convirtió en un proceso de necesidad, que llegó a ser como las palabras mismas que salen de la boca de alguien. Hablas ese idioma e intentas obtener claridad mediante ese lenguaje y sabes que algunos días te vas a sentir más lúcido que otros. ¿Quién sabe qué comiste o qué estrella está agazapada detrás de un árbol? No sabes exactamente por qué, pero hay misterio tras misterio.
• Bueno, la verdad es que no me importa en absoluto cómo la gente se enfrenta a mi obra. Pero creo que lo que quiero hacer a fin de cuentas es algo que se desprende de mi propio sentido del descubrimiento, de la realidad, del destino, del propósito, como yo lo defino.
• Pero el artista, por lo menos a lo largo de la historia occidental, ha sido una especie de significante, un punto de referencia o un espejo para la mayoría de las vidas. Porque la mayoría de nosotros en el curso de nuestra existencia sólo llegamos al fin de día, metemos comida en nuestro sistema para sostenernos, con eso basta. Pero hay otro tipo de locura, otro tipo de aspecto marginal que posee alguna gente, y que algunas sociedades de las que llamamos desafortunadamente "primitivas", respetan. Son una suerte de chamanes o lunáticos. Y al adivino, como lo llamaré, en lugar de chamán o artista, al adivino de este sentido de la maravilla, en el mejor sentido, en el sentido más verdadero de la palabra, debe de permitírsele ser en esta sociedad tribal una suerte de explorador o de guía psíquico. Y es muy saludable.
En la sociedad occidental, tenemos la costumbre de confiar en una realidad racional, en el conocimiento, y por supuesto, como sabemos, como algunos siempre lo han sabido, no hay nada racional. Eso no significa que no pueda existir orden, es decir, una capacidad de dar sentido a lo que encontramos y a lo que creemos que estamos descubriendo. Pero no puedes crear un sistema total de creencias basado en el orden, porque no existe ningún orden real. No existe ninguna geometría real. Sólo es una apariencia.
A manera de asociación voy a llamar a Gracia a lo que Duchamp llamó el "given", aunque suene demasiado como el nombre de una mujer. Bueno, no importa tanto la palabra en sí. Pero se te da esta especie de ayuda que forma parte del amor, para guiar esta época oscura hacia algo que debe ser como todos nosotros sabemos que debería de ser. Deberíamos volver a la inocencia de un niño pero con la madurez, con la dureza de una persona que ha atravesado el fuego. Y eso es algo difícil de lograr.
No estoy diciendo que lo que yo hago sea una obra sagrada, no lo es. No es sagrada en el sentido en que uno ve los frescos de Giotto, por ejemplo. Esa es una de las formas más elevadas del arte cristiano que jamás se haya hecho, y es probable que nunca sea superada. Y creo que hay una razón para la existencia de esa mentalidad, de esa alma, de ese momento y para haber hecho ese arte. Pero en la época en que estamos viviendo –y realmente siento que estamos en una suerte de tierra de nadie o de basurero de vidas, de cultura y de propósitos- lo que estoy tratando de hacer es forjar un nuevo alfabeto, un alfabeto de imágenes, si es posible llamarlo así, basado en primer lugar, en un proceso de aprendizaje de cómo veo y descubro las cosas.
• Año tras año reúno pruebas de esa forma de sospecha, de ese conservadurismo que quisiera limitar la manera en que la gente crea su obra y los temas que elige. Como Jesse Helms que este año quiso aprobar en el Congreso una ley que prohibe a los artistas utilizar o representar visualmente flujos corporales en su obra. Entonces, otro senador lo replicó que eso suponía que jamás se haría otra crucifixión. Por lo tanto no se pudo defender. Porque mucho de lo que es la vida, histórica y actual, se trata por desgracia de lo que nos hacemos. Mucho de lo que nos hacemos es positivo y mucho es aterrador. Y de la misma manera en que nos destruimos verbal y socialmente, lo hacemos de una forma muy cobarde en la guerra.
• He pasado en museos, y la mayoría de lo que he visto es propagandístico. Era como si el gran monarca, la gran reina y su corte dirigieran una especie de presentación que es como Hollywood en la Europa de siglo XII.•
Tengo que partir de donde yo estoy, que es mi propia realidad, mi propio tiempo y mi propia vida en esta sociedad. Nos reconstruimos en distintos momentos de nuestras vidas. Deberíamos apender no de memoria, sino para nosotros mismos. Debería decir sumergiéndonos en una fragua de fuego y conocimiento, y no sólo repitiendo lo que la gente dice. Entonces, y sólo entonces, se convierte en nuestro discurso.
• Todos, si nos percatamos o no, somos pilotos kamizake desplomándonos en una especie de historia divina.
• Si una persona odia mi obra, quizás la odia con la mejor y más honesta intención que posee, de la misma manera en que yo realizo mi obra con las misma intenciones honestas.
• Cuando te pones a pensar, hay más muerte que vida. Pero no puedes evitar la muerte –ella es el gran igualador- sin importar lo que alguien haya hecho en su vida. Cuando te enfrentas a la muerte, ni el amor, ni el dinero, ni las pertenencias, ni las riquezas pueden cambiar ese hecho. Es el punto de partida. Yo anhelo la muerte porque vivo en un estado de maravilla. Aunque tengo también mis días aciagos. Creo que una vez que perdemos ese sentido de la inocencia, perdemos esas guías. Yo nunca he renunciado a ellas. Creo que los santos niños y los artistas tienen sus guías, sus ángeles. Y yo soy lo suficientemente loco y lo suficientemente tonto dentro del sentido de la maravilla, y lo bastante responsable como para mantenerme abierto a esa ayuda que está más allá de nuestra capacidad de realización en este nivel de la vida.
Pero yo sé que después de esta experiencia —y tenemos que aprovecharla al máximo— la experiencia que sigue podría ser hermosísima. Creo que lo que sigue es la vida en el más allá, y toda mi obra se refiere al más allá.