|
DEL GESTO Y OTRAS ESTRATEGIAS | ARMANDO BARTRA
AÑOS FORMATIVOS. En la primera mitad del siglo xx, cuando la propaganda en los
medios de masas aún no nos saturaba y el comercio seguía apostando a los escaparates
vistosos como artesanales vitrinas de seducción, la reacciones que un nuevo aparador
despertaba en los transeúntes podían ser un espectáculo memorable. Sobre todo si el
maniquí que representaba a Chaplin, por ejemplo, era tan perfecto que parecía humano,
de modo que se formaban pequeñas aglomeraciones esperando a que se moviera. Y
se movía. Cada tres horas, el imitador del cartón piedra rompía el encanto y salía del
escenario para regalar pastillas de jabón a los mirones que habían adivinado la impostura.
Puedo imaginarme al hijo del
mimo, armado con una camarita
Kodak, tomando fotografías del mercadotécnico
performance, siguiendo
el ejemplo de su padre, que también
era fotógrafo aficionado y acostumbraba
hacer registros de su trabajo
como aparadorista.
Pienso que el gusto de Nacho
López por fotografiar situaciones
callejeras provocadas le nace de los
rústicos happenings pueblerinos
que organizaba su padre y él registraba
con su primera cámara. Piezas
memorables como “Cuando una
mujer guapa parte plaza por Madero”
y “La Venus se fue de juerga por los
barrios bajos” –secuencias prodigiosas
donde el instante preciso no se
caza, se induce mediante intervenciones planeadas y organizadas por el fotógrafo– remiten,
claro está, a los trabajos que desde fines de los treinta publicaban revistas como Vu,
Look y sobre todo Life, cuyo fundador, Henry Robinson Luce, era un apologista del “ensayo
fotográfico”. Pero también es verdad que infancia es destino, y cuando en Tamaulipas“empezó a fotografiar con furia todo lo que veía” –según testimonio de Ernesto, su hermano
menor– lo más memorable que Nacho López podía ver eran los performances de
escaparate orquestados por su padre, la magia de las representaciones banqueteras inesperadas,
el espectáculo de la gente común sorprendida por lo inusitado, que años después
remedaría siguiendo el curso de una diva acinturada o de un rubio maniquí, por las
calles céntricas de la ciudad de México.
Nacho López quería hacer cine. Y esta vocación, que no cumplió del todo, marca
favorablemente su trabajo fotográfico. No digo que los fotorreportajes etnográficos o
citadinos y los fotoensayos basados en material de archivo o en puestas en escena, sean
el consuelo en foto fija de un cinematografista frustrado, sino que sus registros fotográficos
y sobre todo sus secuencias, llevan la impronta de la puesta en escena, una
preparación proverbial en el cine y no tan frecuente en la foto fija.
En Mi punto de partida, Nacho López sostiene que la gran fotografía debe ser a la
vez documento, testimonio narrativo de las contradicciones e interpretación conceptual
y visual del autor. Y en su caso el registro de las tensiones es por lo general secuencial,
como en el cine; supone una planeación o guión, como demandan las películas;
requiere de una dirección de actores,
como todas las artes escénicas; y tiene
su fuerza en la coreografía y la poderosa
gesticulación, como sucede en la
danza. El que en sus mejores trabajos
estos elementos converjan, no es
casualidad o intuición, sino resultado
de un sistemático entrenamiento que
tenía por destino mayor el cine pero
se plasmó brillantemente en la fotografía.
Porque Nacho López se capacitó
como fotorreportero con Victor
De Palma, colaborador de Life; pero
también estudió cine en el Instituto
de Artes y Ciencias Cinematográficas
de México; escribió numerosos guiones
para filmes documentales o de
ficción que en su mayor parte no se
realizaron; aprendió dirección de actores
con Dimitrio Sarrás; y con frecuencia acompañaba a su hermana, la bailarina Rocío
Sagaón, a sus ensayos y clases de danza. Lo dijo primero Antonio Rodríguez y lo retomó
más tarde Olivier Debroise, el trabajo de Nacho López es una fotografía del gesto, y si bien la fauna de ministerio público, los borrachitos de pulquería o los granaderos y sus
víctimas no actúan en sentido estricto, se requiere ser un director de actores para atrapar
toda la fuerza de su gestualidad.
Esta minuciosa preparación –que poco tiene que ver con la cinegética captura del
instante preciso a fuerza de puros reflejos reporteriles– era lo habitual en la labor de
los fotógrafos que trabajaban para las revistas ilustradas noticiosas de mediados del
siglo xx, de las cuales la más temprana es Todo, de 1933, a la que siguen Hoy (1936),
Rotofoto (1937), Mañana (1943), Impacto (1949), Siempre! (1953), entre otras. Así, por
ejemplo, las instrucciones para los reporteros gráficos de la revista Mañana– con la que
Nacho López colaboró entre 1950 y 1956– establecían: “Cada foto es parte integrante de una idea [...], lo que obliga al fotógrafo a ser director, escenógrafo [...] [a] valerse de todas
las posibilidades [...]”. Y a continuación enumeraban los pasos necesarios para un reportaje:
el “fotógrafo-redactor” deberá “presentar [el proyecto] por escrito” y “discutir y evaluar
la idea con el director”; además habrá de elaborar una “investigación preliminar” y
un “guión detallado”, y al final “presentar su trabajo con la información necesaria”.
Pero Nacho López iba más allá del manual, pues se inmiscuía incluso en las técnicas
de impresión. “En las revistas Hoy, Siempre!, y especialmente en Mañana, […] se me
dio libertad absoluta en los temas de mi predilección y en el formato de mis reportajes,
en conjunción con mi viejo amigo Esteban Cajiga [jefe de redacción de la revista], hasta
meter mi nariz supervisando negativos e impresión del offset”(1). Privilegio excepcional
que le daba control sobre la pieza definitiva; producto final que en este caso no son
sólo las tomas realizadas sino también la selección última, el reencuadre, el montaje, el
título y los pies de foto, es decir la puesta en página: labor por lo general colectiva de la
que en última instancia depende la calidad de un fotorreportaje periodístico.
IMAGINERÍAS DE MAGAZINE. “Los críticos han sido tomados por asalto por la presencia de la fotografía y se han quedado a la zaga porque no la han estudiado dentro de su
contexto social”, escribe Nacho López en Condicionamientos actuales. Y en el caso de su
obra, no es sino hasta que aparece el indispensable libro de John Mraz: Nacho López y el
fotoperiodismo mexicano en los años cincuenta, que los reportajes y ensayos fotográficos
del tamaulipeco se ubican en el momento y el soporte de su publicación, que como ha
dicho John, son el único “camino real para recobrar el significado”.(2)
Y lo primero que aparece cuando miramos más allá de las fotografías aisladas, es
que se trata de conjuntos de imágenes editadas y editorializadas por títulos y textos; no
sumatorias sino series consistentes cuyo sentido último está en la puesta en página, y
con frecuencia en la puesta en revista, pues hay veces que los fotorreportajes o fotoensayos
forman parte de números monográficos.
Ajeno del todo a la morosa autoría que reclaman las musas a los “artistas de la lente”,
el fotoperiodismo es un quehacer colectivo y presuroso donde se atropellan directores,
jefes de redacción, reporteros, redactores, diseñadores y fotógrafos, integrados todos en
una industria cultural acicateada por sus fines comerciales. Tanto los fotógrafos “peseteros”,
obligados por el hambre a malbaratar su trabajo, como los fotorreporteros destacados
que reciben crédito y controlan su autoría, son hombres de prensa que viven en la
angustia del cierre de edición, en el torbellino de lo infinitamente perecedero, y cuyas
obras son tan efímeras como el módico papel en que se imprimen. Como silvestres,
inasibles y tumultuosos son sus destinatarios; unos lectores del todo ajenos al solemne
silencio de las bibliotecas, que por lo general devoran revistas y periódicos en el tranvía,
en el autobús, en la peluquería o en la banca del parque. |
|
Niños leyendo un ejemplar
de El Santo, cómic editado
por José G. Cruz.
Ciudad de México, ca. 1954.
|
| |
| |
| |
| |
| |
| |
| |
| |
| |
| |
| |
| |
| |
| |
| |
| |
| |
| |
Un lector del Magazine
de Policía, cuyo lema era:
“Señalar las lacras de la
sociedad es servirla”.
Ciudad de México,
ca. 1950.
Fondo Nacho López © 381671
y 381342 conaculta-inah-sinafo-
Fototeca Nacional. |
| |
| |
| |
| |
| |
| |
| |
| |
| |
página 1 2  |
|