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  NUEVAS TECNOLOGIAS       
FOTOGRAFÍA
Y DESAPARICIÓN

RAYMUNDO MIER



ESCENARIOS RITUALES GERARDO SUTER

BAJO ESTA MÁSCARA
OTRA MÁSCARA

ELIZABETH FERRER



LA GRAMÁTICA CONSTRUCTIVA
DE AGUSTÍN JIMÉNEZ

JOSÉ ANTONIO RODRÍGUEZ




   
   
FOTOGRAFÍA Y DESAPARICIÓN   |  RAYMUNDO MIER
LA MIRADA: DESTRUCCIÓN Y TRAYECTO,La historia de la mirada es múltiple: se confunde con la historia equívoca de los cuerpos, de las sensaciones, de la medición y la corroboración de las certezas positivas. La historia de la mirada es también una memoria de los juegos del recuerdo, una memoria de la memoria que se inscribe sobre los cuerpos, pero es también, y sobre todo, la crónica de las desapariciones, el testimonio de los cuerpos devastados.

La historia de la mirada se confunde con la edad del asesinato y del cálculo, del éxtasis místico y las estrategias de la mascarada. Virilio es quizá, entre las figuras contemporáneas, uno de los más atentos y lúcidos testigos de estos pliegues de la historia de la mirada, y de sus manifestaciones privilegiadas: la fotografía, el cine, el urbanismo y su lógica enclavada en el trayecto que lleva de la estética al asesinato intrínseco a la empresa bélica:

Decidí salir a la caza de las figuras de intervalos —escribe Paul Virilio—; se habla de lo entre dos (1) (lo que separa dos mares, por ejemplo), es un término corriente, pero esa cifra no es sino una primera aparición: entre-tres, entre-cuatro, entre-treinta, entre-cien; éstos son tan reales como el primero aunque escapan generalmente a nuestra observación. Lo que salí a cazar fue justamente este escape: deseaba rastrear la antiforma. Estaba persuadido de que sus especies existían, sus familias, razas desconocidas, desapercibidas y yo estaba decidido a descubrirlas y a registrarlas. Sabía ahora que se disimulaban por todas partes como en esos juegos de dibujo en los que debe adivinarse la silueta del faisán en medio de los rasgos de una figura de cazador que debe observarse detalladamente y en todos sus aspectos. Decidí contemplar mi medIo en todas sus facetas. La realidad se había vuelto bruscamente caleidoscópica. No estaba ya en el desierto urbano de formas idénticas, repetitivas y fijas en la pseudo-eternidad. Estaba en la arborescencia de contraformas. Navegaba en lo profundo de los intervalos, en la transparencia, esta trasparencia que había descubierto durante la guerra, en la destrucción de los escenarios urbanos y ahora me daba cuenta de que, fragmentada, estallada, subsistía en lo reconstruido y que bastaba querer para ver”. (2)


Para Virilio, el intervalo conjunta el trayecto con la disipación del tiempo, transforma la duración de la espera en evidencias de la separación. El intervalo es necesariamente inhabitable. Es imposible permanecer, durar en el intervalo baldío. No es tolerable someterse a la intransigencia de esa amplitud hecha sólo de límites, que se extiende entre un territorio y otro, desplegado sólo para el movimiento, la habitación del instante. Esa red de trayectos hechos para el abandono inmediato tolera sólo el accidente y no el arraigo, es una pura superficie que rehusa toda permanencia. Una dilatación inhóspita de la espera. Se ha imaginado una pasión singular para quien permanece en ese espacio: la desaparición. Se le atribuye un desaliento de la identidad. La impaciencia del espacio liminar se extiende a la identidad de quien lo puebla, son hombres de una materia también impaciente. Hombres precarios habitan ese límite. La naturaleza del espacio exige el movimiento, desplazarse, eludir la condición conjetural de lo que viaja, de lo que abandona, de lo que adviene. Pero este trayecto para Virilio no es nunca sólo dual: no se va sólo en una dirección, de un lado a otro, la separación es un desarraigo plural; una vez en ese lugar incierto surge la posibilidad virtual de encaminarse a incontables territorios, no hay orientación, los nombres del espacio se trastocan. El intervalo no separa dos territorios; convoca todas las separaciones.
Para Virilio, violentar el tiempo siempre inminente del trayecto, habitar la encrucijada, suscita la aparición virtual de todas las formas, de todas las esperas, de los múltiples desenlaces, de la estratificación de las orientaciones, de todos los ejes cardinales. Virilio imagina la transformación de la mirada en la metáfora del caleidoscopio. El movimiento que se apaga en el cuerpo se prosigue en la mirada, las facetas que se suspenden en el espacio impregnan las imágenes. El movimiento continúa en el giro y la sucesión de las formas. Más que las figuras, lo que inquieta es la fragilidad de las combinaciones, la ligereza de su afirmación, la imprevisibilidad radical de las morfologías. En el caleidoscopio no existe el desplome. Cada caída de un trozo de cristal coloreado no es un derrumbamiento, sino una nueva conexión, no es el vacío de un perfil sino la creación de otro en una secuencia sin desenlace, sin otro término que el cansancio de quien mira. El reposo del caleidoscopio no está en sí mismo, lo excede. Su movimiento infinito sólo cesa con el abandonado de la mirada. Cada borde de la placa transparente, del entrecruce polícromo de líneas, funda no sólo el pliegue de vértices cromáticos sensibles incluso a una imperceptible vacilación, siempre en la proximidad de una fractura, de un desplome, siempre devolviendo un ritmo entrecortado inscrito en el giro terso del instrumento. La figura caleidoscópica conjuga las vacilaciones del tiempo, del equilibrio de lo mirado y la mirada misma: el fulgor de la figura se detiene como una morfología intemporal en ese interior hecho para el contraste, para la geometría traslúcida; la estabilidad dura el lapso de un impulso; entonces algún gesto imprevisible hace cesar el giro desde la mirada sorprendida, desde la voluntad de contemplación. Un tiempo autónomo sorprende las formaciones, impone una repentina figura a las laminillas, briznas, fragmentos de transparencias cromáticas; otro tiempo invade su propia inestabilidad: el tiempo de una sorpresa efímera de la mirada, su asombro sometido a su vez a la imprevisible aparición de una figura. El repunte de un asombro cede a la tentación de continuar el giro, la producción incesante de figuras irrepetibles. El caleidoscopio hace reconocible una insustancial calidad de la mirada: su alianza con la velocidad; hace tangible la intimidad entre la transparencia y el trayecto.
El texto de Virilio revela la materia íntima del caleidoscopio: simulacro de la realidad y revelación de la naturaleza íntima de la mirada. En el caleidoscopio tiene lugar una calidad de la mirada que se eclipsa ante el mundo: la posibilidad de mirar desplazarse, conjugarse el mismo conjunto de objetos para ofrecer formas siempre distintas. Los objetos y el mecanismo son invariantes pero el giro y el movimiento alimentan la serie infinita de formas. El instrumento está hecho, más que de una estructura tubular, fragmentos de vidrio traslúcidos y de paredes de espejos, de una breve constelación de calidades: la velocidad, la irregularidad de las aristas, la pulsación de los vértices, abismamiento en los contornos. La mirada inventa en el caleidoscopio una transparencia errante, es decir, una inquietud, una monstruosidad ínfima de la materia, de toda la materia, pero inventa también otra mirada capaz de desdoblarse, capaz de atenuar la precipitación para explorar su propio desdoblamiento, el de las figuras que se engendran con cada demora. Conjuga en la imagen la densidad de las líneas y la trama de figuras, la inestabilidad de los perfiles y la trasparencia de los objetos. En un objeto luminoso, sin opacidad, trasparente, surgido del movimiento.
Jacques-Henri Lartigue,
   Bouboutte, Rodzat, 1908.
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
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