sinopsis   |   indice   |   articulos disponibles   |   menu  |   siguiente revista  >>
   
   CEGUERA       
EL BRAILLE Y LAS
MÁQUINAS DE LECTURA

STEPHEN KUUSISTO



   
   
   
   
   
EL BRAILLE Y LAS MÁQUINAS DE LECTURA
STEPHEN KUUSISTO

Si usted goza, como la mayoría de las personas, de buena vista, probablemente haya observado el braille en los elevadores de los hoteles. Quizás incluso haya tocado los puntos en relieve que indican su piso y se haya maravillado ante la capacidad del ciego de viajar y leer en la oscuridad. ¿Quién se habría de imaginar que el braille sería suplantado por las máquinas? ¿Quién adivinaría que el braille, incluso ahora, está casi en vías de extinción?
Hoy en día, aproximadamente 10 por ciento de los ciegos leen en braille, un hecho que ha preocupado a muchos de sus defensores. Las máquinas de lectura computarizadas están reemplazando al sistema de lectura táctil de Louis Braille. Pronto el braille le resultará al ciego tan ajeno como los jeroglíficos a nosotros.
Tengo sobre mi escritorio una máquina llamada The Reading Edge. Se parece a una copiadora y traduce las páginas impresas a un lenguaje sintético. Necesito este artefacto porque soy un ciego de los que no leen en braille. Su voz es pura ciencia ficción, pero he llegado a encariñarme con su entonación. Lee como un robot y exuda la prosodia de George Herbert. A veces deletrea en voz alta las palabras que el software no puede identificar.
La verdad es que la lectura sintética es una prueba. Debo esperar a que el scanner decodifique cada una de las páginas. Esto me da tiempo para preguntarme si en verdad estoy leyendo. Muchos ciegos arguyen que la lectura con una máquina es en realidad analfabetismo: al aprender de los microchips o de las cintas de audio, los ciegos se vuelven dependientes. De acuerdo con ellos, yo soy un analfabeta. No importa que mi trabajo haya sido traducido a una docena de idiomas. Dado que mis palabras están mediadas, no soy más que un indefenso escucha. El braille, por otra parte, proporciona al ciego un contacto instantáneo con el lenguaje. No se necesitan baterías.
“Sí”, dice el hombre-maquina, “pero el braille es fabricado por braillistas pagados, y eso toma tiempo. Yo ya he devorado el New Yorker de esta semana. ¿Ya vio usted el artículo de Calvin Trillin sobre las trufas sin calorías?”
“Usted es un esclavo”, dice el hombre-braille.
“Es cierto, lo soy”, responde el hombre máquina, “pero soy un esclavo que se dirige a Balducci por sus trufas sin calorías. Vamos Fido”.
Si realmente lo medito, mientras me como una trufa, debo admitir que siento una gran simpatía hacia la forma de pensar del hombre-braille. Como poeta, admiro en el lenguaje la colocación y la presión. Me encanta la traducción que hace Kenneth Rexroth de Tu Fu, un antiguo poeta china, que en una parte dice:

               Dentro de poco
               en el alba invernal me enfrentaré a
               los cuarenta. Llevada
               hacia las largas sombras del crepúsculo,
               precipitadamente, por los momentos obstinados y tercos
               la vida gira vertiginosa como un voraz fuego ebrio. *


Si me diera a escoger, preferiría sentir estas palabras bajo mis dedos. Falto de vista, sólo la carne puede asimilar la torsión del verso de Tu Fu, “la vida gira vertiginosa como un voraz fuego ebrio”.
Por desgracia, tengo que escuchar la poesía a través del silicón. Y cada vez hay más ciegos como yo. Hoy en día, la mayoría de los niños ciegos van a escuelas públicas y no aprenden braille. En una era digital, ¿por qué ocupar recursos enseñando algo tan en desuso? Además, el braille es farragoso. Una edición promedio de un libro en braille parece el amohadón de un sillón. Simplemente compárenlo con un disco floppy de 3 1/2 pulgadas,
Mientras tanto, cambio The Reading Edge de inglés a español y escaneo un poema de Pablo Neruda. La máquina arruga la nariz y lee: “¿Por qué yo vivo desterrado / del esplendor de las naranjas?”.
Mi Reading Edge suena como un turista en Santiago. Hace la pregunta con demasiado énfasis. En el poema, Neruda siente, vagamente, lástima por sí mismo. Como la mayoría de los escritores, ha pasado demasiado tiempo sentado en su casa.
“Yo también, Pablo”, digo a media voz, y el sonido de la voz –una voz humana– hace que mi perro guía, Corky, venga hacia mí. Juntos salimos y nos detenemos bajo un álamo. Corky explora el pasto. Yo me apoyo en el árbol. Hasta que consiga dominar el braille, soy un escucha furtivo, no un lector.
Me siento en el jardín y palpo el trozo de la corteza de un abedul caído. ¿Puedo distinguirla de la de un acebo? ¿Puedo distinguir una naranja de otra a través de un tacto minucioso? Para aprender braille a los 40, uno debe refrescar la infancia misma del tacto y recargar las manos. No se puede aprender braille como se aprende español en Berlitz. Uno tiene que pensar con la piel.
El poeta Charles Olson imaginó que nuestros tejidos y órganos podían pensar. Sentado bajo los árboles, me las voy a arreglar con un índice que piensa. Voy a leer a Walt Whitman en la oscuridad, sin baterías.

                                                                                                                                                      Traducción: Patricia Gola

  * En el original: Soon now / In the winter dawn I will face / My 40th year. Borne headlong/ Towards the long shadows of sunset / By the      headstrong, stubborn moments, / Life whirls past like drunken wildfire.Tomado de The New York, Times Magazine. 21 de marzo de 1999.