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Todo retrato fotográfico es, a la vez, huella, imagen y semejanza. Pero también, diferencia. Porque es sólo a través
de la sutil desviación que imponen las “señas particulares” de cada persona con respecto a una norma que se supone
neutra y universal, como la identificamos en su carácter único y específico. En ese sentido, el retrato no representa
a la persona como es -cuestión posible en otro tipo de fotografía, como la fotografía instantánea-, sino como
debe, quiere o aspira a ser. Imagen construida mediante el respeto, el juego o la transformación de códigos familiares
y sociales, el retrato nos fascina porque congela la imagen de la persona en un presente perpetuo, pero también
porque articula, en torno a ella, múltiples elementos de deseo, poder y fantasía.
Compuesta a partir de una selección de imágenes de la Colección José F. Gómez del Centro Fotográfico Álvarez
Bravo, esta exposición explora diversos modos y usos populares del retrato fotográfico: la identificación, el registro
antropológico y etnográfico, la memoria familiar y comunitaria, el juego y el espectáculo, la caracterización de la
persona como una figura con un rol laboral, social o político distintivo.
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